La Izquierda Italiana: Crónica de una muerte anunciada

(por Marta Bernasconi)

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El progresivo desgaste que ha caracterizado la izquierda italiana en los últimos años no va analizado exclusivamente en su contexto nacional, sino también en el marco europeo de una centro-izquierda que ha ido perdiendo poder y credibilidad. El progresismo y todos los movimientos que lo relacionan, fueron el motor de cambio y renovación de la Europa de postguerra, gracias a sus ideales de democracia, las banderas del antifascismo, de la lucha por la igualdad y la justicia social. Hoy nos encontramos con un mundo que ha visto fallar su sistema económico y el viejo continente no ha podido sostener el peso de su economía y mercado, frente al incremento de las diferencias entre ricos y pobres, y una izquierda que se ha quedado atrás en ideología y propuesta, quedando desprevenida frente a los nuevos retos que este siglo impone, como por ejemplo, él de la inmigración y la integración. La distancia entre las opiniones de la centro-izquierda y las de su electorado tradicional se han hecho abismales.

Breve historia de la izquierda italiana:

El PSI, (Partito Socialista Italiano), nace en 1892 bajo la guía de Filippo Turati, en defensa de los valores proletarios, siendo la voz de los obreros italianos y de las clases menos pudientes, pero es en el año 1921 que, durante la celebración del XVII Congreso del PSI en Livorno, Bordiga y Gramsci crean el Partido Comunista Italiano (PCI). Más adelante en 1943, el socialismo italiano, conoce una nueva faceta, renaciendo como movimiento antifascista en la lucha contra la dictadura de Mussolini y a favor de la democracia.

En 1956 se verifica la ruptura total entre el PCI y PSI, tomando forma la “Vía Italiana al Socialismo” como obra de Palmiro Togliatti. En los años 70 el Partido Comunista se afirma con gran fuerza en Italia, mientras que el Partido Socialista se vuelve la tercera fuerza del país, después del PCI y de la Democracia Cristiana (DC).

En 1976 llega a la escena política Bettino Craxi como secretario del partido y en 1983 logra ser el primer político socialista que consigue alcanzar la Presidencia del Consejo en la historia de Italia. Es el 1994 cuando Craxi viene involucrado y reconocido culpable en el maxi-proceso de “Mani Pulite”, mejor conocido como “Tangentopoli”. El equipo de magistrados que se ocupó de la causa, encabezado por Antonio Di Pietro (actual líder de l’Italia dei Valori), lleva al descubierto la fuerte red de relaciones entre política y mafia, movimientos de dinero sucio, financiación ilegitima a los partidos y tramas de corrupción a todos los niveles de la política.

La gran mayoría de los partidos, diputados, senadores, ministros y emprendedores italianos se ve implicada en ello, y Craxi (uno de los principales indagados), huye de la justicia y se establece en Túnez, dejando un PSI muy debilitado en su imagen y entre sus filas.

A partir de este mismo año, el partido se disuelve y es el comienzo de la “Diáspora Socialista” que significará la disgregación del partido en muchísimos partidos más o menos pequeños con ideologías de izquierda, entre ellos surgen: i Socialisti Italiani, el Partito Socialista Riformista, la Federazione Laburista, la Alleanza Democratica, i Democratici di Sinistra, asimismo otras asociaciones político-culturales y corrientes que en los años a siguientes provocaron la constante inestabilidad de la centro-izquierda italiana y la caída de su propia mayoría en el gobierno.

Puntos débiles:

En Italia se ha asistido a un progresivo proceso de debilitamiento interno de la coalición del centro-izquierda que, desde la diáspora, ha conglomerado entre sus filas un número demasiado grande de partidos y corrientes, los que Sartori llama los “enanos” de la política. Estas organizaciones han ido ejerciendo una influencia desmesurada si la comparamos a su importancia, tamaño y porcentaje de voto real, creando descompensación, desacuerdo y luchas interinas continuas dentro de la política. Todo esto jugó en contra de la estabilidad de la coalición centro-izquierdista, su continuidad en el gobierno y su capacidad o poder de decisión en la aprobación de leyes, decretos y reformas. En resumen, una izquierda parada, sin posibilidad de acción e ineficiente, que ante su realidad y contradictoriamente aporta muchos votantes a la coalición derechista, ya que como justificación, “Berlusconi, por lo menos, actúa”.

En el papel de oposición que debe tener la centro-izquierda, ha revelado ser bastante ineficaz, tener pocas propuestas y presentar muchas críticas, sin llegar a mostrarse lo bastante compacta como para impedir a la derecha aprobar sus medidas.

Estamos delante de una centro-izquierda fosilizada, lejana de las exigencias y problemas reales que tienen sus electores. Las fuerzas izquierdistas están hoy ausentes a nivel organizacional en las áreas más problemáticas de las ciudades. Este espacio vacío que ha dejado en fábricas y otros establecimientos, ha sido bien aprovechado y ocupado por los nuevos movimientos populistas de la derecha, cuyo ejemplo más evidente es la Liga Norte. Todos los votos obreros, cuyos intereses anteriormente estaban defendidos por sindicatos izquierdistas, han ido llenando las urnas a favor de Umberto Bossi y de su partido, uno de los pocos que en Italia se ha ocupado de sondear y escuchar los problemas reales de la gente, sabiendo crear redes capilares de trabajo en el territorio.

El líder de la Liga habla de manera directa y sencilla, en dialecto, como la gente que le vota; utiliza expresiones populares que poco se ajustan a un político, pero llega a los ciudadanos. La jerga política, en cambio, es siempre más incomprensible y menos accesible a las masas, como si la política fuera algo que no le afecta.

Por último, existe un elemento de fundamental importancia que impide la remonta de la centro-izquierda italiana, hoy personificado por el Partido Democrático (PD), que es la falta de un líder fuerte, creíble, que sepa involucrar y fascinar a los electores. Nadie pone en duda el liderazgo de Silvio Berlusconi en la coalición centro-derechista; el mandatario es un hombre con demasiado poder mediático y gran influencia, o se le odia o se le ama. En cambio, los últimos líderes de la izquierda (en orden cronológico Prodi, Rutelli, Veltroni y Franceschini), son políticos que dejan sencillamente indiferente; y en política, no hay muerte más segura para un candidato si genera indiferencia.

Resumiendo, estamos de frente a una izquierda italiana débil en su interior, a la que falta una guía capaz de contrastar la personalidad y el carisma de Silvio Berlusconi, que necesita acercarse a sus ciudadanos, dejando fuera, si es necesario, aquellos sindicatos que les apoyaban y que ahora se han vuelto un jugador más en el partido de alianzas políticas, descuidando por completo el papel por el cual han nacido. El reto actual de ésta izquierda será el de revisarse, de reinventarse, de crear un nuevo proyecto político e ideológico. Una izquierda que sea más izquierda, más activa, más social, más atenta a las necesidades de sus ciudadanos que a los juegos y luchas de partido, más reformista; una izquierda que recupere una identidad bien precisa y un papel estable en la sociedad.